Recuerdo una compañera de violín en los años del Conservatorio que se destacaba por su buen rendimiento.
Vocacional, con talento, fuerza, convicción, en fin, gusto y entrega, definían su sesgo y nada parecía frenar su vertiginosa carrera hacia la titulación.
En más de una oportunidad, conversando con ella, me comentaba de sus deseos por seguir sus estudios de perfeccionamiento en Inglaterra, una vez que terminara con la carrera.
Sin embargo había algo en ella que me parecía extraño.
Por un lado su rendimiento y constancia, hacían ver una persona segura de sus planes.
De alguna manera, eso que uno advertía en ella, hacía pensar a uno, que nada podía opacar sus proyectos y sueños.
Ella no sólo hacía, sino que expresaba. Contaba a sus compañeros y profesores todos sus anhelos y el esfuerzo que dedicaba al violín como todos sus pares más decididos por su vocación, auguraba un buen futuro.
Muchas veces nos juntábamos a escuchar discos, y hasta estudiar técnica en forma conjunta ya que nuestro nivel era similar.
Compartíamos nuestras opiniones acerca de las digitaciones más apropiadas para el concierto de Bruch y siempre discutíamos en forma enardecida respecto a los arcos del concierto número tres de Mozart.
Eramos muy amigos y creía yo, que ibamos a ser excelentes colegas toda la vida, en la Sinfónica o en proyectos de enseñanza del violín.
Lo que más me extrañaba de ella era que si bien su nivel de rendimiento académico era muy bueno, a la hora de enfrentar una audición, exámen o concurso, se desmoronaba anímicamente.
A tal punto caía en esos pozos, que llegué en más de una oportunidad a hablar con nuestro profesor de violín en el Conservatorio para que tuviera una conversación personal con ella y pudiera ayudarla de alguna forma a aprender a controlar la parte emocional a la hora de tocar en las audiciones.
Los intentos fueron en vano, hasta que un día antes de un exámen final, en el cual iba a tener que interpretar el concierto de Glazunov, intenta autoeliminarse en el baño de su casa.
Nadie pudo imaginar que podía llegar a tal punto, el nivel de stress de una estudiante aventajada de violín . Nadie se convencía que una mirada tan autoexigente de una persona de extrema sensibilidad, hubiera podido llevarla a una situación límite como el intento de suicidio.
¿ Por qué una chica con tanto talento pudo ver tan vacío "su vaso" en un momento en que todo parecía ser una bonita promesa ?
¿ Qué es lo que puede llevar a un violinista o estudiante de violín, a perder su coordenada, su eje, su centro de gravedad y dejar de ver y verse, tal como si una entidad extraña colocara sobre sus ojos un fuerte vendaje enceguecedor ?
En ese momento tomé conciencia lo importante que es la profilaxis espiritual de parte de todo músico que ingresa a estudiar en un Conservatorio superior.
Quizás debiera implementarse como se está empezando a hacer en algunos Conservatorios de Irlanda, un seguimiento de cada alumno, de manera de prevenir situaciones como esta, en donde cada uno tome conciencia de su nivel, de su alcance, de sus perspectivas y disfrute y valore su proceso personal.
Por suerte, a mi compañera no le costó tan caro. Varios años de terapia sicológica y un salirse del Conservatorio, propiciaron un reencuentro y "reconciliación" con el violín.
Y lo bueno, fue que aprendió a "ver el vaso medio lleno" y gracias a ello, pudo cumplir su sueño de viajar a Inglaterra.
Hoy se dedica felizmente a la docencia del violín.
domingo, 25 de abril de 2010
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