Recuerdo que cuando comencé a estudiar violín, hace treinta y dos años, había cosas que no me las preguntaba, que no me preocupaban, que no invadían mis pensamientos, por el hecho de que no había otro aspecto que fuera más importante para mí, que la alegría que sentía al tener el violín en mis manos y esperar semana a semana (feliz y nervioso) la clase con mi exigente profesor.
Al "ir creciendo" con mi violín y pasar por las distintas etapas del desarrollo musical, iba conociendo o sabiendo de una serie de principios, posturas, opiniones que se repetían dentro del ambiente académico en el que me desenvolvía. Visiones de la vida de los violinistas o de los músicos en general que consistían en "cuasi verdades" repetidas y trasmitidas de Maestro a Discípulo conformando en el sentir de todos nosotros, formas casi incuestionables de ver o considerar los aspectos relativos al vínculo entre el músico y su profesión, entre el estudiante y su violín, algunas de ellas bastante macabras dando lugar a un difundir visiones un tanto prejuiciosas y parciales de la vida del músico o del aficionado a la música.
La idea por ejemplo del segregar y cuestionar al estudiante de música "tardío", difundiendo el pensamiento absolutamente falso de que no es recomendable acercarse al estudio serio de la música si se hace fuera de una edad parvularia o pre adolescente, así como la censura respecto a la posibilidad de iniciarse en el estudio del violín como aficionado a edades adultas, causó siempre en mí una gran impotencia y molestia, al constatar unos cuantos casos de personas adultas y jóvenes que derribaron el preconcepto dedicándose con decisión y alegría al estudio del violín con resultados increíblemente satisfactorios y hasta alguno de ellos llegando al nivel profesional.
Una de las cosas que quedaron en mi mente y corazón para siempre de mi viaje a Irlanda hace dos años, fue el hecho de constatar una mirada absolutamente distinta al respecto en el ambiente musical en el que estuve conviviendo durante más de tres semanas.
El hecho de participar en sesiones de violinistas de las más diversas edades y niveles, con una visión absolutamente inclusiva hacia el otro, viviendo el hecho musical desprovisto de la mirada separatista, compartiendo con absoluta normalidad un momento de ejecución musical, sin considerar que al lado de un violinista egresado de un conservatorio superior estuviese un señor de sesenta años de edad que llevaba cinco de práctica feliz, confirmó en mi sentir y pensar la necesidad de difundir ideas nuevas como profesor, ideas basadas no solo en el sentir sino en el constatar, que para vivir la música, para acercarse a ella, para comenzar a estudiar un instrumento no hay que pedirle permiso a nadie más que a uno y me ha llevado a pensar en la urgencia de crear conciencia entre los profesores de violín y música en general, acerca de la necesidad y yo diría casi obligación ética de derribar las ideas repetidas de esquemas obsoletos que no hacen más que frenar a jóvenes o adultos vocacionales a optar por dedicarse profesionalmente o como aficionados, al violín o la música.