Siempre me gustó saludar y que me saludaran.
Agradecer y recibir un agradecimiento.
Preguntar por el otro y descubrir que a los demás les importo.
Acordarme de los cumpleaños de los demás y que se acuerden del mío.
Hubo una época en que me cuestioné hasta qué punto todos estos códigos de buen trato, de buen proceder, de "persona civilizada", tendrían que estar presentes en cada instante de mi vida.
Por qué habría de ser tan relevante el hecho de contemplar día a día en el vínculo social, esa vigilia por tenerme tan presente y darle tanta importancia al otro.
Hasta qué punto importan las formas y los modos en los que uno se conduzca a diario en la cosa social.
Sin embargo, al mirar un poco alrededor, al observar cómo se vive en una sociedad tan compleja y a veces tan difícil como Santiago de Chile, me lleva a pensar que si no somos capaces de preservarnos y preservar a los demás en el vínculo del día a día, estamos corriendo el enorme riesgo de entrar en un esquema perverso de interrelacionamiento que nos puede conducir a alejarnos de nuestro centro, poniendo en riesgo nuestra salud síquica, sintiéndonos día a día más despojados de nosotros mismos.
En mis alumnos puedo reconocer ese carisma humano propio de las personas sensibles que aman la música.
Me gusta y valoro muchísimo la preocupación que demuestran por sí mismos, por mí, así como el interés por saber acerca de los demás compañeros.
Recibo de parte de ellos, muchos gestos de cariño y amabilidad.
Esa amabilidad que muchas veces a algunos los conduce no sólo a saludar y agradecer sino a "pedir permiso".....
"Pedir permiso" es considerado un gesto de "buena educación", y nos lleva a destacar la dosis de ubicación de la persona en el trato social.
Sin embargo, "el pedir permiso" extrapolado al ámbito musical, no creo que sea una actitud muy recomendable y sana.
No deja de llamarme la atención cuan frecuente es en la relación alumno profesor, la instancia en la que el alumno espera tácitamente que el Maestro le "de permiso" o "autorización" para poder estudiar tal o cual pieza.
Para poder acercarse a tal o cual género que quizás esté un poco apartado de los códigos del "buen gusto académico".
Quizás lo que más me preocupe no sea tanto lo aludido, sino esa necesidad de desear sentirse "autorizado para"... que noto en muchos de mis estudiantes adultos.
Ese código aprendido, tan importante para un trato cordial y "civilizado", sin embargo no debiera estar tan presente desde que el alumno llega con su violín a tomar clases conmigo al menos.
El recibir esa petición de permiso de parte del alumno en forma implícita o explícita, para hacer un ejercicio, para tocar una pieza, para "permitirse" valga la redundancia, soñar con poder tocar algo en particular, o sentirse con derecho a asumir un rol respecto del violín que encaja con la visión de sí mismo de cada uno de ellos, me lleva a pensar que a veces, ciertos códigos culturales de los buenos modos, pueden llevar a perjudicarnos.
martes, 17 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario