Todavìa recuerdo aquella tarde gris y lluviosa en la que un señor de muy avanzada edad apareciò por mi casa sin previo aviso, àvido por tomar clases de violìn.
Con un bastòn, un paraguas y su violìn colgado de un hombro, caminaba con mucha dificultad, como arrastrando la vida pero con una gran fuerza interior, como si viniera de un pasado lejano impulsado por un deseo de apoderarse de sus ùltimos años de vida.
Este señor, de ascendencia alemana, nacido en el sur de Chile, llegaba a mì con una sed voraz de comunicaciòn.
Sin pràcticamente dejarme hablar, se presentò y de inmediato con gran dificultad, buscò el asiento màs cercano.
Colocando su estuche del violìn en el suelo y despreocupàndose por el paraguas empapado que simplemente atinò a enganchar en el respaldo de una silla, comenzò sin demasiados preàmbulos a hablarme de su vida.
Perplejo yo por haber recibido a tan inusual alumno, me avoquè a callarme, observarlo y sentarme a su lado, esperando saber màs de èl.
Ese señor que decìa haber estudiado violìn en un colegio alemàn de la època con profesores europeos, recordaba con lujo de detalles y con làgrimas en sus ojos esos años de estrictez por el estudio de la mùsica y los gratos momentos que viviò en la orquesta juvenil que integraba.
Sin secar sus làgrimas, seguìa contando su vida, casi sin importarle mi sorpresa que seguramente percibìa.
De esos años de felicidad con el violìn, mucho recordaba, pero no tanto de los años que siguieron a su egreso del colegio y la posterior decisiòn de sus padres porque viniera a Santiago, a estudiar una carrera vinculada a las Ciencias Econòmicas, que tanto lo habrìa apartado de su querido instrumento.
Durante esos años, se dedicò a su carrera profesional, y a construìr una familia, con dos hijos a los cuales en el momento de su relato decìa no haber sabido màs de ellos por razòn de su radicaciòn en el extranjero.
Su esposa habìa falllecido tres años antes y sumido en una voraz soledad, tomò la decisiòn de sacar el violìn de un viejo ropero para "mirarse cara a cara" con èl, y reencontrarse con una parte importante de su pasado.
Tal fue la pena que le dio ver a su violìn en mal estado, que buscò el luthier màs pròximo en Santiago para que lo dejara en condiciones de poder hacerlo sonar nuevamente.
Habìan pasado màs de cincuenta años de aquel momento en que guardò el violìn en su estuche para emprender su camino a Santiago con miras a "construìr" su vida de adulto, de familia y de carrera profesional.
" ¿ Què me quedò de mi carrera ?", me decìa miràndome a los ojos como esperando una respuesta......."Nada", se contestò.....
"¿ Quien està conmigo actualmente ?"....."Nadie", se respondiò.
En ese momento, se me hizo un nudo en la garganta y disimulè tomando un sorbo de agua de la copa que tenìa en una mesa cerca.
"Aquì estoy. Mi violìn estaba y no supe ver que èl estarìa conmigo, aunque yo llegara al estado en que estoy, al estado en que usted me està viendo . Apenas puedo caminar. Me duelen las piernas. Veo muy poco, pero quiero volver a tocar mi violìn, y quiero que usted me ayude ".
Otro sorbo de agua, quedè en silencio por un instante y le dije "bueno".
Inmediatamente le indiquè que tocara algo y con una energìa de muchacho de veinte años, me dijo que hacìa unos meses que estaba tocando piezas del Suzuki I y II.
Desafinado, con un ritmo nervioso, pero con una musicalidad propia de alguien que habìa aprendido y tocado durante varios años con gran amor, me convenciò de ser su profesor, de ayudarlo y guiarlo hasta donde fuera posible.
Su soledad ya no iba a ser tanta para èl a partir de ese instante.
Su violìn volvìa a estar con èl para ayudarle a sacar a la luz tantas emociones sepultadas por tantos años de alejamiento de sì mismo.
Me dio mucha alelgrìa, el hecho de haber podido ser partìcipe de ese encuentro entre èl y su vida a partir de su instrumento.
Despuès de tres meses de venir semanalmente a mi casa a tomar sus clases, otro dìa gris parecido a aquel en que lo habìa conocido, recibì una llamada en la que me contaba que no iba a poder seguir viniendo porque su estado de salud habìa empeorado.
Me agradeciò por haberse sentido mucho menos solo gracias a su violìn.
Nunca màs supe de èl.
sábado, 12 de febrero de 2011
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